
Siempre es el momento oportuno para homenajear al ilustre Cacho Rossini. Con sólo citar su bebida favorita, se lo evoca. Se lo evoca y se lo invoca. Permítaseme evocarlo e invocarlo contando la historia de mi querida tía América (se llamaba así, con nombre de continente) cuyo cóctel preferido era el batido de gancia.
Hablo del batido de gancia auténtico, el de la época de mi tía América y de mi tío Cristóbal. Mi tío Cristóbal no era tío carnal, ni siquiera era tío. Resulta que mi tía América se casó seis veces y, al final, cansada ya de maridos, se dedicó a tener novios, decenas de novios, hasta que la descubrió mi tío Cristóbal.
Se amaron locamente gracias al batido de gancia. Y no era un amor nocturno, como podría suponerse, sino un amor mañanero, un amor-hora del aperitivo. Hay que imaginarlos, por ejemplo, en 1959, parando un mateo desde una vereda elegante de la ciudad para que los acercara a su bar (‘confitería’, decían) preferido, que ocupaba una esquina de una famosa avenida de Buenos Aires. El barman colocaba hielo molido en la coctelera, le agregaba dos medidas de gancia (que eran grandes), dos medidas de gin (que eran un poco menores pero infundían respeto) y un chorrito de jugo de limón. Se servía en copas monas acompañadas de muchísimos platitos con exquisiteces.
No es necesario que describa físicamente a mi bellísima tía América porque la pueden ver en la ilustración sobre estas líneas, pero no vendría mal retratar brevemente al tío Cristóbal: un dandi, elegantísimo. Lo recuerdo una mañana muy temprano (serían las cuatro), impecablemente afeitado y engominado, lustrosos los zapatos, traje gris oscuro, gabardina, sombrero y paraguas… durmiendo plácidamente en el umbral de la imponente puerta principal del edificio de departamentos en el que vivía mi tía América. No es que mi tía no quisiera dejarlo entrar, sino que el tío Cristóbal no acertaba al botón del portero automático.
Lástima que el tiempo apague el brillo de todas las edades de oro. No quiero hablar de la decadencia de la tía América, prefiero recordarla esplendorosa, bañada por el sol de una mañana de primavera, algo tambaleante pero sonriente, con dos batidos de gancia recién puestos… Pero creo que el tío Cristóbal me perdonará si, para ilustrar el lado doméstico de la bohemia, lo retrato en una tarde de 1974, una de las últimas veces que nos vimos. Pantalón de pijama, camiseta musculosa, escarbadientes en la boca…
–¿Qué estás tomando, tío? –le pregunté.
Hacía tintinear un cubito de hielo en un vaso que contenía un líquido azul.
–Aqua Velva on the rocks –me respondió haciéndose el distraído–. Un cóctel sencillo, lo llamo After Shave.